Alejandro Rodrigo

Saber esperar

Erich Fromm escribió una obra monumental condensada en muy pocas páginas titulada “El arte de amar”.

Haruki Murakami escribió dos textos a medio camino entre el ensayo y la confesión titulados “De qué hablo cuando hablo de correr” y “De qué hablo cuando hablo de escribir”.

Le aconsejo, bueno más bien le ruego que cuando tenga un rato de paz se deje embargar de emoción por estas tres obras, asumiendo por supuesto pedirle perdón si efectivamente ya las ha disfrutado.

Me planteaba titular a este escrito o bien “El arte de saber esperar” o bien “De qué hablo cuando hablo de esperar” como claro homenaje, pero no me he atrevido. Sin hablar específicamente ninguna de las tres obras anteriores de la virtud de saber esperar le animo a que las lea porque suponen una auténtica trituradora de escupir razones y reflexiones que sustentan y hasta ridiculizan cualquier debate en el que se ponga en duda que “saber esperar” es quizás una de las habilidades más valiosas en esta vida.


No voy a pretender exponer las mías por motivos obvios. Prefiero que hablen los clásicos. Así que he pensado que voy a intentar enumerar todas aquellas situaciones personales, de mi día a día, en las que en vez de “saber esperar” he metido rápidamente la mano en el bolsillo y después de tranquilizarme por confirmar que tenía mi móvil bien cerca de mí, lo he abrazado y me he dejado llevar por sus fantasiosas aplicaciones o mensajes carentes de relevancia.


Quiero compartir con usted este listado, con el fin de que pueda usted verse reflejado en esos momentos en los que “tiró de teléfono móvil” sin necesidad real. Elaborar un listado de “situaciones” habituales sería sencillamente infinito, no se me paran de ocurrir momentos uno tras otro, así que he decidido ceñirme los momentos reales de los últimos días en los que yo en vez de “saber esperar” he mirado mi móvil sin necesidad real.

  • En la cola del mercado para comprar un poco de fruta y verduras
  • Esperando a que el médico llamara a mi hija
  • En la cola de la gasolinera, pero dentro del coche
  • Justo antes del capítulo de nuestra serie favorita del sábado noche
  • Justo después del capítulo de nuestra serie favorita del sábado noche
  • Preparando la merienda
  • Colocando los platos en el lavavajillas
  • Justo antes de empezar a trabajar…por si acaso había algo urgente
  • Justo después de trabajar para confirmar que no había pasado nada urgente
  • Mientras hablaba por (el mismo) teléfono con un amigo, confirmando que mi bandeja de correo electrónico estaba actualizada y sin nada nuevo
  • Esperando en la calle a que los pintores llegaran a mi casa
  • Antes de que el camarero me entregara unas pizzas para llevar a casa
  • Justamente ahora mismo mientras escribo estas líneas. (No, no había ningún mensaje nuevo, menos mal)

Y podría seguir y seguir.

Lo más curioso de todo esto, es que personalmente estoy convencido de que casi no utilizo mi teléfono móvil. En casa somos muy cuidadosos en ello. De hecho, desde el sábado noche (después del capítulo de la serie) mi teléfono estuvo apagado y escondido en mi casa hasta la hora de la cena del domingo en la que fui a buscar esas pizzas de las que hablo en el punto 12.

Con todo ello, es sorprendente la cantidad de veces inútiles o innecesarias que he desbloqueado mi teléfono para ver si algo había sucedido.

Hace un par de años, quizás tres, no recuerdo bien, durante unas vacaciones en la playa, conseguí superar la apuesta conmigo mismo de estar los 7 días de la semana en la playa con el teléfono apagado. Recuerdo llegar conduciendo con el coche (por supuesto gracias al navegador del móvil) y tras realizar el “check-in” en el hotel apagar mi teléfono y dejarlo en un cajón de la habitación. Lo volví a encender 7 días más tarde. Lo que viví esos días fue extraordinario, sencillamente “vi” muchas cosas que antes no veía.

Puede que usted piense que a mí se me va la cabeza con esto de tener tan presente el uso del teléfono móvil, pudiera ser, pero es que hay personas que me han contado secretos tan fuertes e inimaginables como que cogen su teléfono móvil y se lo llevan al baño para estar entretenidos mientras están sentados liberando sus necesidades. O que incluso se acuestan en su cama por la noche viendo su teléfono y dejándolo en la mesilla de noche ¡¡sin apagar!!, pero además hay rumores por ahí lejos de que existen parejas que tras mantener relaciones sexuales le echan una ojeada al móvil… desde luego la naturaleza del ser humano es fabulosa.

Todas estas letras, con cierto tinte de humor y de ironía y hasta con una pizca de sarcasmo vienen al hilo de fundamentar que es imposible que nuestros adolescentes se desenganchen del móvil sin que nosotros antes no seamos un referente.


No seremos culpables, no, pero seguramente sí seamos responsables.


Para terminar, ¿sabría usted responderme a estas simples preguntas que su hijo/a preadolescente o adolescente podría hacerle sin mirar en Google?

  1. ¿Los peces cogen el agua por la boca y lo expulsan por las branquias tras haber “utilizado” el oxígeno del agua, al revés, o ninguna de las dos?
  2. ¿Qué país está más al norte Gambia o Namibia?
  3. ¿Los helicópteros tienen espejos retrovisores?
  4. ¿Qué rango es superior Teniente o Coronel?
  5. ¿Cómo se reproducen las anguilas?
  6. ¿Qué quiere decir invertir a la baja en bolsa?

En definitiva, lo que quiero subrayar es que si como padres o educadores no demostramos que tenemos la capacidad y habilidad de saber esperar en cualquier cola que nos toque hacer sin la necesidad de mirar el teléfono móvil y que si como padres cuando nos enfrentamos a preguntas aparentemente de educación general básica que no sabemos responder lo primero que hacemos es mirar en Google lo que estamos propiciando y enseñando a nuestros hijos es que…

Lo mejor es lo instantáneo

Lo mejor es la información en detrimento del conocimiento

Si esto es así flaco favor les estaremos haciendo.

 

Desde la pantalla de mi móvil, a 18 de mayo de 2021.

 

Dedicado a mi Abuelo Antonio, ¿Qué hubiera pensado él de estos aparatejos?

Recomendación: “Yo no soy el dueño de mis emociones” Robe.

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