Alejandro Rodrigo

Escriba una carta a su hijo

Dice Haruki Murakami que un buen día estaba tumbado en el césped de un estadio de beisbol en Japón, viendo otro de esos partidos a los que es tan aficionado, cuando de repente, el sonido del bate impactando la bola le hizo “clic” en su cabeza. Dice que en ese mismo instante supo que tenía que escribir una novela. El resto es historia.

Dice Xavier Marcet que para ser un buen empresario es imprescindible la labor de escribir. Mucho. Entre otras cosas porque ordena las ideas.

Ken Follet, de momento, lleva vendidos más de 178 millones de ejemplares de sus novelas y ahí sigue. Sí, ha leído bien, 178 millones de libros vendidos. Yo ahora mismo estoy empezando su última novela “NUNCA”. Desde luego algunos de esos 178 millones me los debe a mí. Es evidente que ya se podía haber retirado hace tiempo con su familia y dos perros en Inglaterra, no creo que siga escribiendo por el dinero, más bien confío en eso que dicen todos los escritores, que lo de escribir no es un oficio, es una necesidad.

Es posible e incluso probable que hoy usted le haya escrito algún mensaje de whatsapp a su hijo adolescente. Es posible e incluso probable que hoy usted y él o ella, claro, hayan intercambiado algunas palabras, quizás hasta miradas. Lo que es posible pero poco probable es que hoy usted le haya escrito una carta. Por ahí, ya tiene la primera de las razones por las que usted debería escribirle una carta a su hijo. Simplemente su hijo no se lo espera, le va a llamar la atención, le va a intrigar y, quizás, pensará que esta es otra de sus pesadas locuras, pero le va a hacer pensar.

Podría hablar de la era de la tecnología en la que estamos y demás, pero no creo que sea necesario. Hablaré desde la propia experiencia, o como bien le leí a Nietzsche cuando yo mismo era una adolescente tardío, “Hace tiempo ya que viví las razones de mis opiniones”. Tremenda.

En despacho, trabajando con tantas familias, he comprobado que están acostumbradas a manejar estos 6 canales de comunicación entre padres e hijos que vienen a continuación. Quizás ustedes se vean reflejados en alguno de ellos.

  1. Mensajes de whatsapp. Tanto audio como texto. Cuando los padres no les han quitado la línea del móvil y cuando los hijos no han bloqueado a sus padres.
  2. Llamadas de teléfono, breves, muy breves. Casi por código morse.
  3. Voces cuando coincide que el adolescente entra en casa y corre hasta su habitación, con parada estratégica en la nevera.
  4. Mirada al suelo cuando padre e hijo se cruzan repentinamente por el pasillo de casa. Más tensión que cuando usted se cruza con su jefe.
  5. Conversaciones en el coche. Sí, paradójicamente, en el coche es donde más momentos de tensión se pueden vivir y en donde también mayores conversaciones pueden nacer.
  6. Intercambio amable de palabras, cuando se está en casa de una tercera persona y se intentan esforzar las partes por aparentar armonía.

En estas 6 circunstancias, el adolescente lleva las de ganar porque casi siempre se puede “escabullir”.

Piénselo, puede no responder al mensaje de whatsapp, puede acelerar la conversación porque tiene que colgar, puede defenderse con el argumento de recibir muchísimas órdenes nada más entrar en casa, puede no moverse de su sitio con tal de no cruzarse con nadie por la casa, puede ponerse los cascos y escuchar su música o los ruidos esos, puede simplemente no esforzarse por aparentar cordialidad.

Estará usted pensando, “bueno, también puede no leer la carta esa carta que dices que le escriba”.

Sí, es del todo correcto. Podría incluso tirarla a la basura o cosas peores, publicarla en redes para que todo el mundo se reía de su madre, sí, todo tiene cabida, pero lo que jamás podrá evitar es que su madre se haya sentado con papel y boli a poner por escrito todo un conjunto de reflexiones que le quiere decir a su hijo.

Eso no lo puede cambiar, y su hijo lo sabe, aunque lo niegue.

Escribir, siempre ordena las ideas. Uno se sienta a escribir, pero nunca sabe qué es lo que se esconde en su cabeza, lo digo por experiencia. Es sencillamente precioso leerse a uno mismo a medida que va avanzando. Es un ejercicio de humildad brutal, el releerse y corregirse, darse cuenta de lo mal que se expresa uno, borrar, rehacer, borrar de nuevo, releer, pensar, frustrarse, volver a escribir, releer y de repente darse cuenta de que al menos una frase ha merecido la pena.


Si usted ha leído mi libro o ha leído algún episodio de mi blog, de estas reflexiones o me ha escuchado, ya podrá ir advirtiendo que no se trata de lo que su hijo vaya a leer (que, por supuesto) se trata de lo que usted va a hacer.

Reservarse un tiempo para escribir a su hijo. Buscar ese espacio de tiempo, luchar contra la pereza, la desidia y hasta la vergüenza para sentarse en una mesa y empezar a escribir. Ordenar sus ideas, asombrarse de aquellas que no sabía que tenía (esto pasa muchísimo), reflexionar sobre el mensaje que le quiere transmitir a su hijo y, lo más difícil, argumentar y encontrar un buen cierre. Un buen final.

Cuando usted escriba a su hijo, literalmente está dando un pasito más en su proceso de convertirse en ese padre y madre que usted quiere ser.


Hay un requisito que no es negociable. Le debe entregar la carta a su hijo. No vale romperla, porque entonces su cerebro sabrá que la próxima vez seguramente la tira y entrará en un pernicioso juego de auto-engaño. Esto no tiene nada que ver con la “escritura terapéutica” que por su propia idiosincrasia es necesariamente privada y no debe compartirse con nadie, precisamente por el efecto contrario. No deben confundirse ambas.

Las cartas son preciosas. Las de amor, las de amistad, las de familia. Todas.
Probablemente su hijo no haya recibido casi ninguna carta o manuscrito en su vida.

Los jóvenes ya no se escriben notitas de amor. Algunos sí, pero son los que menos.

Es casi seguro que su hijo leerá la carta.
Probablemente no se lo diga, o puede que sí.
Pero hay más probabilidades de que la lea a escondidas de que la olvide.

Tres propuestas o secretos:

  • Sea todo lo sincero que sepa.
  • Sea genuino.
  • Las primeras líneas son las más importantes. Ahí le enganchará o le perderá.

 

En Iwo-Jima a 10 de febrero de 2022.

Dedicado a Paco Esquilas, porque aquel día me enseñó aquella carta que le escribió su padre y de la que tanto aprendimos.

Recomendación: “Romeo y Julieta” Prokofiev.

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