Alejandro Rodrigo

Mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo

Cuando llegan los periodos de vacaciones y nos enfrentamos a la situación de que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo podemos vivir un auténtico infierno.

El nivel de tensión puede llegar a elevarse a cotas difíciles de soportar y este incremento se produce porque precisamente es en el periodo de vacaciones cunado se supone que deberíamos ser más felices y disfrutar a cada momento. Además, por norma general las vacaciones se suelen disfrutar en familia, con amigos o en soledad decidida, pero fijémonos que en primera instancia se sitúa la familia.

Por eso, cuando nos enfrentamos al escenario de que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo lo que ocurre es que vivimos una gran incoherencia, son vacaciones y la persona a la que más quiero en este mundo dice que no quiere venir conmigo.

Nuestro hijo, nuestro precioso hijo, por el que daríamos la vida sin dudarlo y resulta que me dice que no va a venir. De momento dan igual las razones, fijémonos en primer lugar en esta situación tan delicada de que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo y que ante esta dinámica las dos soluciones que podemos adoptar son igualmente traumáticas. Quizás, una más que otra, pero la realidad es que no hay una buena solución, en ambas perdemos todos.

La primera opción es la de obligarle. La segunda opción es la de romper la planificación de las vacaciones y optar por no ir juntos, al menos según lo previsto.

En la primera situación, cuando nos damos cuenta de que mi hijo quiere venir de vacaciones conmigo y le obligamos, con un porcentaje de probabilidad bastante alto lo que va a suceder es que nos va a amargar las vacaciones. Siempre va a predominar ese chantaje emocional del “me habéis obligado a venir y no pienso cambiar mi actitud”, “habéis ganado, aquí estoy, pero no vais a conseguir verme disfrutar” y estos dos ejemplos reales de comentarios de adolescentes son de las mejores situaciones.

En la segunda situación, la de romper la planificación prevista, el verdadero dolor no reside en darse cuenta de que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo, sino en una idea muy traumática y desalentadora que muchas madres y padres han compartido conmigo en despacho a la hora de expresar su profundo sentimiento de fracaso.

Fracaso, porque después de toda una vida de dedicación y educación a un hijo, de trabajo para poder sacar a una familia adelante, resulta que, en el momento del año más esperado, el de las vacaciones, se hace realidad la pesadilla de que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo.

Ante la descripción de este escenario que supone unos niveles de estrés y de agobio bastante importante, quizás, la clave no reside tanto en encontrar soluciones (luego iremos con las posibles estrategias) sino en ser capaces de realizar un adecuado ejercicio de prevención de cara a conseguir que en el próximo periodo vacacional no solo nuestro hijo sí quiere venir de vacaciones con nosotros, sino que incluso le llegue a gustar y hasta entusiasmar la idea. Imagina que nunca más volvieras a tener que decir esa frase de mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo.

Empecemos por el principio. Aunque contenga dolor.

Si mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo es el momento de adoptar responsabilidades, no se trata de culpabilizarnos, sino más bien de ser consciente de que hay responsabilidades que deberíamos adoptar y, por lo tanto, se trata de comprometernos con los cambios que debemos realizar.

familia de vacaciones

La idea de que los adolescentes nunca quieren ir de vacaciones con sus padres es errónea. Me atrevo a dictar esta sentencia desde la experiencia. Es decir, ciertamente hay momentos en los que nos enfrentamos a que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo y, entonces, hay una multitud de información y de comentarios que vendrán a decirte que los adolescentes son así, son reacios a viajar con sus padres y que siempre van a preferir a sus amigos antes que un viaje aburrido con sus padres. Mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo es un cliché.

Quiero compartir contigo un secreto:
Esto es un comentario derrotista y ventajista.
Lo normal, por raro que parezca, es que un adolescente sí quiera viajar con sus padres de vacaciones. Las veces en las que esto no sucede siempre es por la misma causa:

Ha ocurrido un error de planteamiento o de ejecución en alguna de las siguientes premisas, por el contrario, si estas claves o premisas están bien planteadas, entonces, siempre va a suceder lo contrario de la citada frase de mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo.

¿No lo crees? La experiencia trabajando desde hace casi veinte años me ha demostrado que cuando estas claves estaban bien ejecutadas, hasta los hijos con conflictos más complejos han optado por viajar con sus padres. Veámoslas:

  1. Ejercicio de anticipación: No es lo mismo anunciar a nuestro hijo que mañana por la mañana nos vamos al pueblo cuando ya tiene toda la semana de vacaciones planificada con sus amigos y con su novia, que anunciarle en marzo (por poner un ejemplo) que la última semana del mes de junio en cuanto acaben las clases nos vamos a ir al pueblo sí o sí. Grabarlo a fuego en los calendarios, hablar de ello, planificar a futuro, recordar periódicamente son distintas técnicas de prevención.
  2. Hacerle copartícipe de las decisiones de vacaciones: No se trata en ningún caso de que sea él o ella quienes elijan las vacaciones, pero si estamos hablando de un hijo que ya tiene edad para razonar y para poder expresarse es necesario que sea partícipe de las decisiones de vacaciones. Siempre teniendo en cuenta las posibilidades de cada unidad familiar, pero no es lo mismo anunciarle que este verano va a ir al pueblo un mes y luego dos semanas de campamento de idiomas y luego dos semanas con nosotros a un hotel a la playa, siendo este un plan cerrado a que exponerle las ideas que como familiar estamos pensando y a favorecer que exprese sus ideas. Quizás así, ya no pensaremos que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo. He trabajado con familias que el hijo, de repente, contra todo pronóstico ha planteado alguna posibilidad que ha sorprendido a la familia, que la llevaron a cabo y que además de la maravilla de ese tiempo vacacional, supuso un crecimiento personal y familiar muy notable.
  3. Entender que necesita tiempo de soledad y de compartir con sus amistades. Si nuestro hijo sabe de antemano que va a poder disfrutar de un periodo para no hacer nada, simplemente para aburrirse en casa y que también va a poder compartir algún periodo vacacional con sus amigos, entonces va a encontrar el equilibrio necesario.
  4. Un mínimo de reclamo estimulante: Si el plan es el mismo de siempre y además nuestro hijo nos ha dejado bien claro desde hace años que es sumamente aburrido para él (por no utilizar palabras malsonantes) no podemos esperar milagros. A nosotros ya no nos interesa estar a las 5 de la mañana haciendo el tonto en una discoteca y a él no le interesa tomarse un helado de fresa por el mismo paseo marítimo a las 8 de la tarde. Ni se trata de estar toda la familia atronados con el “chunda chunda”, ni tampoco se trata de pisar las mismas baldosas año tras año del citado paseo marítimo sin mayor tema de conversación que lo malo que es nuestro jefe (por enésimo año consecutivo) Se trata de buscar y encontrar el espacio y el equilibrio entre los intereses de unos y de otros. Una semana de vacaciones tiene 168 horas. Hay mucho espacio para la generosidad y para los distintos intereses de unos y otros.
  5. Firmeza en la idea de unidad familiar. Esta última clave es recurrente. Los padres con los que he trabajado que han sido capaces de mirar a sus hijos adolescentes en febrero y (de nuevo, un ejemplo) a los que no les ha temblado la mirada y con esa mirada han podido exclamar algo así a: “Mira hijo, lo que tú quieras, pero de verdad te digo que la primera quincena de junio en el pueblo con la familia de tu madre, con tus abuelos y primos y la segunda semana de agosto en la que nos vamos los cuatro a la playa en la isla paradisíaca de la Polinesia Francesa son tajantemente innegociables. Somos una familia, nos queremos, te queremos con locura, y esas tres semanas son nuestra trinchera, nuestro momento de familia, eres imprescindible, luego ya veremos qué haces el resto del verano, pero esas semanas me da igual, como si a tu amigo le deja la novia, la familia esas tres semanas es lo primero y único”.

En conclusión y dejando a un lado los ejemplos concretos y reales, si la idea de que mi hijo no quiere venir de vacaciones conmigo está suponiendo un tormento familiar, te animo a que puedas reflexionar sobre estas cinco claves:

Anticiparse, hacerle copartícipe, garantizarle tiempo con sus amigos, reclamos estimulantes y firmeza.

Cualquier adolescente es un adolescente feliz dos semanas en el pueblo más aburrido si sus padres se lo llevan explicando con muchos meses de antelación, si además ha podido explicar sus intereses para el verano y ha sido escuchado, si le hemos garantizado tiempo de disfrute con sus amistades o pareja, si hay novedad y estímulos en esas vacaciones y si, finalmente, nos hemos mostrado firmes con lo imprescindible que es para nuestra familia compartir las vacaciones con él o con ella.

Si después de esto, todavía resuena en tu mente la frase de mi hijo no quiere venir de vacaciones con nosotros, entonces esta frase quiere decir que necesitáis ayuda profesional.

Si las cinco claves bien ejecutadas no han dado sus frutos significa que probablemente la dinámica familiar necesite una ayuda profesional externa.

Felices vacaciones juntos para siempre

En Rarotonga, a 27 de marzo de 2024

Dedicado a esos padres y madres que dijeron esas frases a sus hijos.

Recomendación musical: “Fortunate Son” Creedence Clearwater Revival

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