Alejandro Rodrigo

Discusiones con adolescentes. El arte de discutir

En ocasiones, cuando iniciamos discusiones con adolescentes nos invade la impotencia. Tenemos muy claro lo que queremos transmitir, tenemos muy claro que llevamos la razón y, sin embargo, nuestro contertulio no atiende a razones.

¿Cuáles son las razones por las que las discusiones con adolescentes son tan difíciles de sobrellevar?

Realmente no hay ninguna razón común, sino que más bien se trata de una pregunta trampa que el algoritmo diabólico y las tendencias populares han hecho creernos que “es que los adolescentes son tremendos a la hora de discutir”. Con esto me refiero a que la pregunta está mal formulada, para ello propongo reinterpretarla de otra manera para evidenciar la citada trampa. Veamos, si dijéramos que las “discusiones con adultos son imposibles” todo el mundo podría plantear al argumento de “hombre, no con todos los adultos, solo con aquellos que…están desequilibrados o que son impulsivos o que simplemente son cabezotas (por no usar otra palabra más desafortunada)”.

Con este argumento todas las personas del mundo mundial podríamos estar de acuerdo, es decir, todos sabemos que hay adultos con los que se puede discutir tranquilamente, que es cierto que plantean sus argumentos y que, independientemente, de que al final acabemos ganando o perdiendo la discusión, la realidad es que se ha podido discutir bien. Con el caso en concreto de las discusiones con adolescentes pasaría lo mismo, con una pequeña excepción que desvelaré más adelante.

Es decir, de verdad, todos lo sabemos pero no queremos pararnos a pensar en ello, pero hay adolescentes con los que se puede discutir muy bien. Es más, con estos chicos o chicas, lo que acaba sucediendo es que esas citadas discusiones con adolescentes se convierten en una absoluta delicia. ¿Por qué?

Porque las discusiones con adolescentes parten de la premisa de la libertad total del adolescente por expresar sus opiniones desde la pasión o desde la razón.

discusiones con adolescentes

Los adultos, sujetos a las ataduras de los convencionalismos y de los “qué dirán” constantemente medimos nuestras palabras y, de hecho, nos volvemos esclavos de nuestras opiniones. En gran medida, cuando estas opiniones son adoptadas desde la negligencia reflexiva, es decir, cuando no hemos reflexionado sobre las ideas, cuando no tenemos ni idea de lo que estamos opinando o dictando, entonces no tenemos la capacidad de ser honestos y congruentes, para retroceder en nuestras creencias. Y así, es como nosotros los adultos, nos volvemos más impulsivos y tozudos que ellos, estos seres que llamamos adolescentes. Cuando un adulto no es capaz de darse cuenta de que la opinión enfrentada es más coherente, más congruente, que está mejor construida y elaborada, cuando no queremos abrir los ojos y nos aferramos a nuestra tonta idea, entonces estamos dando un espectáculo dantesco y no hay hijo o hija que se escape a evidenciar cómo su padre o cómo su madre pierden la razón.

Después de todo, en las discusiones con adolescentes, ¿dónde está el problema en aceptar nuestra derrota, en asumir nuestro error?

Solo en un escenario muy específico y que está identificado en Google Maps por ese punto que señala directamente al orgullo y vanidad. Te invito desesperadamente a que abandones ese islote aislado en el océano y te encamines hacia aquel sentido común que una vez tuviste y del que estaba orgulloso tu hijo.

Pero ¿Qué pretendes decir con todo esto Alejandro? ¿Podrías ser más directo?

Un adolescente puede ser de dos maneras a la hora de discutir hablando siempre en términos generales. Puede ser racional o pasional.

Si nos embarcamos en discusiones con adolescentes del tipo racional lo que suele suceder es que presentarán un deseo insaciable de razonamiento, elaboración de hipótesis, desarrollo de los argumentos y pruebas que fundamenten nuestras conclusiones. Si estamos discutiendo con un adolescente de este tipo, lo que tenemos es una inmensa suerte porque estaremos mirando a la cara a ciertos desafíos de altura monumental.

Pensemos en esas discusiones con adolescentes de por qué el sistema de sufragio universal que defiende nuestro sistema electoral y el concepto de democracia no tiene mucho sentido. A ver cómo nos enfrentamos a esta pregunta presentada por tantos adolescentes que pueden dejar en fuera de juego al más listo de los politólogos:

“En una población de 100.000 personas se presentan dos candidatos, el candidato A defiende el espíritu nazi y el candidato B defiende el espíritu de Gandhi. El candidato A elabora un discurso muy estratégico y manipulación, mientras que el candidato B mantiene un nivel de exposición muy de perfil bajo. ¿Por qué demonios, si los resultados de las elecciones son 95.000 votantes de A y 5.000 votantes de B, por qué esos 5.000 tienen que soportar un régimen de A? ¿Por qué? La democracia aquí, en este supuesto no sirve. ¿Por qué mamá?”

Claro, a ver quién es la madre o el padre que puede meterse en discusiones con adolescentes de este tipo tan racionales y contra argumentar debates tan elaborados. Lo que suele ocurrir es que este tipo de adolescentes nos llevan a nuestros límites del conocimiento en cada materia.

Pero…lo importante es que estas discusiones con adolescentes son un regalo para ambas partes. Para el intelecto, para la práctica del debate y de la reflexión de ambas partes. En definitiva, es una oportunidad titánica de crecimiento y de crecimiento de nuestros hijos.

Si nos embarcamos en discusiones con adolescentes de tipo pasional, lo que suele ocurrir es que no nos estaremos enfrentando a argumentos elaborados ni a retos dialecticos, lo que normalmente nos pasará es que estaremos delante de un adolescente que literalmente se le sale el corazón por la boca.

En estas circunstancias, no se trata de ser capaz de incrementar nuestra capacidad de abstracción, sino que es la técnica absolutamente contraria. Es decir, lo que tenemos delante es pura pasión, puro descontrol emocional, pura necesidad de explosión. Y en estas discusiones con adolescentes pasionales el error más común que solemos cometer es precisamente el de confundir el estilo con el anterior.

Un adolescente pasional en la discusión no necesita argumentos, necesita que seamos capaces de sostenerle.

A partir de aquí, nuestra labor estará centrada en la mastodóntica tarea de no tomarnos su impulsividad, su sin razón, su necedad pueril, su exposición de las ideas infantiles, su incapacidad para anticipar consecuencias, sus oídos sordos a nuestros comentarios, sus tantas cosas…decía que nuestra labora estará centrada en no confundir todas estas cosas con ataques hacia nosotros.

En mi primer libro “Cómo prevenir conflictos con adolescentes” exploro la diferencia entre reactivo, instrumental y patológico, así que la principal habilidad estará centrada en no caer en la reactividad. Es decir, en confundir sus acciones con ataques para reaccionar nosotros con ataques.

Sostener estas discusiones con adolescentes solo es posible si completamos el primer paso de diferenciar una discusión con un adolescente de tipo racional o de tipo pasional.

Te animo mucho a que la pongas mucha razón y mucha pasión a cada una de las discusiones con adolescentes que sostengas y que comprendas que, en el fondo, es solo eso, un adolescente ensayando a discutir como discuten los adultos.

En el salón de mi casa mientras mis hijas cocinan bollitos verdes con mermelada de frambuesa, a 8 de marzo de 2024

Dedicado a todas las mujeres del mundo.

Recomendación musical: Good morning heartache, Scott Hamilton.

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