En muchas ocasiones buscamos insistentemente cuáles son los mejores profesionales o las mejores estrategias para ayudar a nuestro hijo adolescente. Sin embargo, hay veces que nos tropezamos con herramientas o actividades maravillosas que pueden suponer un “antes y un después” en el desarrollo de nuestro hijo.
Si lo que estás buscando son herramientas, te propongo que pongas en práctica este ejercicio de las 300 palabras sanadoras para un adolescente.
Adelaida tenía 14 años, pero desde luego era mucho mayor en lo que a “mentalidad” se refiere. No había vivido una vida catastrófica como se podría imaginar uno, ni tenía graves complicaciones a nivel funcional o de características de la personalidad. Simplemente, no había quien pudiera “parar” a Adelaida cuando se enfadaba. No tenía ni la más mínima idea de lo que supondría para ella el ejercicio de las 300 palabras sanadoras para un adolescente. Recuerdo bien que yo la intimidaba bastante y que desde el primer momento en que la conocí, en los despachos del Juzgado de Menores de Madrid una tarde cualquiera junto a su madre, esta sensación se mantuvo hasta el final de la medida judicial. Nadie podía controlar los ataques de ira que “la daban” cuando creía que se estaba siendo injusto con ella; ni su familia, ni sus profesores, ni la dirección del instituto en el que estudiaba, ni siquiera los policías que la detenían habitualmente por la calle mientras se metía en líos. Curiosamente, su primera medida judicial venía ampañada por un delito dentro del ámbito familiar que era precisamente al que yo me dedicaba en exclusiva.
Las 300 palabras sanadoras para un adolescente fueron un ejercicio puramente terapéutico para Adelaida.
Adelaida, no tenía mal aspecto. Para nada. Era pequeña físicamente para su edad y con una mirada muy infantil. Sin embargo, rápidamente pude observar cómo sus ojos se llenaban de rabia incontrolable cuando algo no la cuadraba. En una misma sesión estos cambios eran muy obvios. De reinar un clima de calma y tranquilidad a convertirse repentinamente en un terremoto a punto de arrasar todo lo que estuviera a su alcance. Es ahí cuando empecé a pensar en que las 300 palabras sanadoras para un adolescente podrían al menos ayudarla un poquito en su proceso general.
Decía que yo la intimidaba porque me lo contaba abiertamente y porque lo compartía con el resto de profesionales que trabajaban con ella. Sin embargo, yo más bien creo que lo que la intimidaba era lo que yo representaba. Se podría escribir un buen libro sobre esto que llevaría por título, claro, 300 palabras sanadoras para un adolescente, ya que ella no respetaba ni siquiera a la policía, pero sí me respetaba a mí y a determinadas compañeras a las que derivé para trabajar específicos aspectos del cumplimiento de la medida judicial. En cualquier caso, lo que en un principio era intimidación, poco a poco se fue transformando hasta evidenciarse en el afecto y reconocimiento que nos tenía al equipo de profesionales que trabajamos con ella.
En algún momento de la intervención tuvo algún incumplimiento de las pautas que había marcado. Esto es algo normal y de hecho hasta beneficioso en un punto, ya que estas puntuales faltas de compromiso con las obligaciones pautadas suponen, sin ninguna duda, una oportunidad de trabajo y por lo tanto de crecimiento para el adolescente. Me acuerdo sopesar bien qué consecuencia iba a plantearla para reparar el daño causado, finalmente la planteé que quería que escribiera una carta de 300 palabras sanadoras para un adolescente .
La actividad consistía en que Adelaida debía escribir un cuento de una niña que se llamase Adelaida, que tuviera 14 años y que acabara de incumplir una norma previamente establecida. Debía describir en ese cuento qué había pasado antes, qué hizo, cómo se sintió y finalmente que sucedió en el futuro. 300 palabras sanadoras para un adolescente.
Lo que viene a continuación no es el ejercicio de Adelaida, es el ejercicio de otro chico, que traigo y comparto a modo de ejemplo, ya que el texto de Adelaida está guardado bajo la llave de mi promesa de confidencialidad. Bien valga este escrito de las 300 palabras sanadoras para un adolescente de Nicolás para evidenciar el nivel del conjunto de textos de los chicos con los que he trabajado:
“Nicolás era un chico que nunca se sintió muy bien en su casa. Es verdad que le dicen que tuvo una infancia muy bonita y que era un niño muy feliz, pero la realidad es que él no tiene recuerdos de esos bonitos. No se acuerda de su padre en casa entre diario, solo se acuerda de su madre estar encerrada en la cocina, con su hermano pequeño siempre llorando y a su mamá estresada y gritando a menudo. Dice Nicolás que lo único que le quedaba a él era encerrarse en su habitación para jugar con la play. Más tarde sus padres le decían que era un adicto a los videojuegos y que estaba perdiendo su vida, pero lo que Nicolás verdaderamente querría decirles es que fueron ellos quienes le empujaron a perder su vida. Nadie le escuchaba. Nadie en su casa se dio cuenta de lo que sufría en todas esas interminables horas en el colegio. Los insultos y los pequeños golpes que el pequeño Nicolás se llevaba de los malotes de la clase. El recreo era un infierno para él. Y, de nuevo, le echaban la culpa de que no era un chico normal como el resto de chicos de su clase, no le gustaba el futbol y no hacía amigos como el resto. Maldito futbol de los … Lo único que pudo hacer Nicolás cuando le tiraron la play a la basura fue escaparse a la calle, juntarse con los malos del barrio para sentirse protegido y empezar a fumar esa cosa rara que se derretía con la llama del mechero. Le abrasó la garganta y vomitó. Le hizo perder mucho más su vida, pero nunca se supo la verdad. Él odiaba el fumar. Hoy Nicolás tiene la fuerza de escribir esta carta para poder sanar.”
Todavía recuerdo a Adelaida cómo abrió sus ojos atónita y cómo se empezó a enfadar ante la impotencia y frustración de ser consciente que nunca antes en su vida había escrito ninguna carta y mucho menos 300 palabras sanadoras para un adolescente. Había escrito cientos y cientos de mensajes en el móvil a sus amigas y en sus redes sociales, pero lo que se dice coger un bolígrafo y redactar 300 palabras sanadoras para un adolescente era básicamente una tomadura de pelo. La verdad es que yo mismo me asusté de la tontería de exigencia que había planteado. Claro que podía sentarse a escribir un par de líneas, pero siendo realistas me había “pasado” con la cantidad de palabras, Adelaida y yo lo sabíamos. Éramos conscientes de que aquello no era una consecuencia sino un castigo. Más bien, era una penitencia. 300 palabras sanadoras para un adolescente que iban a ser un suplicio, pero que resultaron un regalo.
Me ahorro muchas líneas de anécdotas y circunstancias variopintas de Adelaida desde que la dejé hasta que regresé un par de horas después para comprobar el resultado de la actividad o, mejor dicho, para confirmar mis más evidentes sospechas de que no iba haber escrito más allá de 3 líneas, lejos de esas 300 palabras sanadoras para adolescentes.
Sin embargo, los adolescentes son una caja de sorpresas. Cuando regresé Adelaida estaba felizmente conversando con mis compañeras. Se la cambió un poco la cara cuando me vio, transformándose en una especie de odio fingido que realmente escondía una gran curiosidad por ver mi reacción ante su trabajo….estaba expectante, esperando ver mi asombro y deseando recibir su merecido reconocimiento. Eran 300 palabras sanadoras para un adolescente que me dejaron boquiabierto.
Como ya podrá anticipar, Adelaida, había conseguido realizar la actividad, estaría genial que les dijera que había escrito más de 300 palabras sanadoras para un adolescente, pero la realidad es que efectivamente las había conseguido escribir y que, de manera milagrosa, el texto era literatura de la buena.
El texto de Adelaida era sencillamente genial, sus 300 palabras sanadoras para un adolescente describían la mente y las reacciones de un adolescente mejor de lo que había leído en mi vida.
En Adelaida confluyeron dos elementos muy potentes. El primero era el conjunto de técnicas educativas que empleamos para potenciar su motivación a realizar la tarea. El segundo era que Adelaida se encontraba profundamente “cabreada” cuando empezó a escribir y esto hizo que no tuviera que pensar nada, simplemente su cuento era pura realidad. Describía mejor que cualquier manual de educación emocional lo que le estaba sucediendo al personaje de su cuento, la frustración, la ira incontrolable, la necesidad de descargar la rabia, el bajón tras el subidón de adrenalina, la visualización del error, el posterior arrepentimiento interno y la construcción de una estrategia o argumento para no asumir su responsabilidad.
Era una barbaridad de 300 palabras sanadoras para un adolescente. Me quedé perplejo cuando lo vi con ella y con sus educadoras, pero cuando me senté en mi mesa de trabajo a leerlo con detalle, tuve que enseñárselo a mis compañeras y llamar a su madre. Para ese momento, Adelaida debía estar ya cogiendo el transporte público con su mismo semblante, pero con un orgullo interno más grande que toda la estación de tren.
No quería en este Episodio 15 desarrollar las causas y procedimientos que mágicamente son tan reparadores en el arte de la escritura. No quería animarle a que su hijo adolescente escriba cartas o cuentos amparándome en los equis beneficios que tiene. Quería compartir con usted un ejemplo real de cómo fue el momento inmediatamente previo. Adelaida fue la primera en ser víctima de “El castigo de las 300 palabras sanadoras para un adolescente”, después de ella vinieron unos cuantos jóvenes, con resultados muy distintos, pero Adelaida fue la que argumentó y sentó las bases de que la escritura puede ser una herramienta sanadora de valor incalculable.
Cuando su hijo esté muy enfadado, frustrado o bloqueado, pídale que escriba sus 300 palabras sanadoras para un adolescente.
Yo utilicé la técnica de que escribiera un cuento con un personaje que fuera ella misma. Un alter ego. Bueno, utilice lo que usted crea mejor, pero créame, si se juntan las condiciones oportunas será testigo de toda una sorpresa que superará sus expectativas. 300 palabras sanadoras para un adolescente que se quedarán muy cortas.
Por cierto, ¿hace mucho que usted no escribe nada? Pruebe a escribir sus 300 palabras sanadoras para un adolescente, perdón, para un adulto.
En Coslada, 9 de marzo de 2021.
Dedicado a Adelaida (sabes tu nombre real donde quiera que estés) y a todos los que sufrieron el castigo de las 300 palabras.
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