Mi hijo me amenaza

Uno de los primeros pasos en dinámicas de agresividad o violencia intrafamiliar ascendente, es decir, hijos que maltratan a sus padres es el darse cuenta.

Esto quiere decir que, aunque parezca mentira, pero lo más difícil es darse cuenta de que la dinámica no es sana, que algo está ocurriendo que no es normal y que, de hecho, es nocivo, malo o tóxico. No solo para nuestro hijo con esas conductas que está presentando, sino para nosotros como padres o madres y para el conjunto familiar.

Darse cuenta de que mi hijo me amenaza no es tan fácil como pudiera parecer.

Es muy difícil porque nuestra mente está diseñada para defendernos de los peligros. Mi hijo me amenaza es un peligro. Cuando recibimos una amenaza de cualquier persona, lo que ocurre es que salta un dispositivo de alarma que está programado para que tomemos acciones defensivas, bien sean de protección o de reacción. ´

Sí, esto lo tenemos muy claro, pero entonces ¿por qué no nos damos cuenta cuando quien nos está haciendo daño es a quien más queremos?

Precisamente porque cuando empiezo a pensar que mi hijo me amenaza súbitamente mi cerebro inicia una estrategia de aparición de mecanismos de defensa que están diseñados para contarme los hechos de manera que no me hagan daño.

Para entender bien el primer paso de “darse cuenta” es necesario comprender esta premisa:

Puedo asumir que el mundo es malo, que hay personas malas, pero es muy difícil asumir que la persona a la que más quiero en este mundo esté queriendo hacerme daño.

Asumir que mi hijo me amenaza exige un dolor inicial de altos niveles, pero sabemos que, si no transitamos este dolor inicial, no habrá sanación para la dinámica en su globalidad.

Por lo tanto, para asumir la devastadora frase de que mi hijo me amenaza, el primer paso es tener muy presente que será muy difícil y doloroso el proceso de aceptación de que es una realidad.

Para ello, es importante definir qué es y qué no es una amenaza. Definir cuando mi hijo me amenaza.

mi hijo me amenaza

Si atendemos a la explicación técnica, etimológica y útil que por ejemplo aparece en la Real Academia Española de la Lengua, podemos ver que se define como el delito consistente en intimidar a alguien con el anuncio de la provocación de un mal grave para él o su familia.

Claro, esto es de una utilidad titánica porque en la misma definición encontramos la diferenciar entre amenaza y consecuencia. La amenaza se centra particularmente en anunciar a alguien que les va a hacer algo que le va a hacer daño. Un mal grave. Mi hijo me amenaza es un mal muy grave.

Esto no tiene nada que ver con una consecuencia, que como ya hemos visto en mucho contenido publicado en este Blog y en mi primer libro “Cómo prevenir conflictos con adolescentes” se centra en anunciar que, ante el incumplimiento de una pauta o norma, tendrá que enfrentarse a unas acciones o repercusiones concretas que lo que buscan es, precisamente, el crecimiento personal del sujeto y la acción educadora de sus padres en este caso.

Te dejo un enlace de un video muy breve que publiqué en redes sociales y en el que explico la diferencia evidente.

El quid de la cuestión fundamental es que a menudo nuestros hijos no diferencian entre amenaza y consecuencia, pasando a usar las distintas asignaciones de acepción según convenga.

¿Qué quiere decir esto?
Esto quiere decir que en ocasiones (no siempre, claro) cuando le informamos sobre una consecuencia que va a tener, él nos dice que le estamos amenazando. Por el contrario, cuando él amenaza con algo, entonces argumenta que no, no es una amenaza, es una consecuencia que él nos está diciendo.

Los ejemplos suelen ser muy esclarecedores en estos casos, mi hijo me amenaza requiere compartir aquí un par de ejemplos reales de familias reales con las que estoy trabajando, no son ejemplos tan dramáticos como los expuestos en mi segundo libro “Adolescencias reales desde dentro”, pero bien podrían acabar en dinámicas similares si no estuvieran tomando acciones preventivas como ya lo están haciendo.

CONSECUENCIA:

Hijo, hemos estado pensando que, si no estudias y no muestras ningún compromiso con los estudios ni con la dinámica del instituto, si nosotros no somos capaces de ayudarte en todo esto, entonces tendremos que pensar en distintas opciones, quizás sería una opción muy válida que el curso que viene fueras a Inglaterra a estudiar todo el curso allí.

AMENAZA:

(Unos meses después, el hijo ya en Inglaterra)

Mamá, papá, no quiero estar en las clases de la tarde de aquí en el internado, así que como no les pongáis un e-mail inventándoos que tengo sesiones online con España…os juro que la lío aquí y voy a conseguir que me expulsen y habréis tirado a la basura todo el dinero.  

Estoy convencido de que cuando ahora mismo, tú como madre o como padre, cuando hayas leído estos ejemplos has podido abrir los ojos y entender sin margen de error que esta familia sí puede enunciar la frase de mi hijo me amenaza y, quizás, puedas pensar que nunca llegarás a ese nivel.

Pero la realidad es que no es nada difícil llegar a ese nivel y, mucha parte de ello radica en que ante determinados niveles de tensión y de estrés, la amenaza cumple un papel fundamental en el sujeto, en este caso en el hijo.

La amenaza, independientemente de que se cumpla o no posteriormente, supone un elemento liberador de la tensión para el sujeto. Cuando me hijo me amenaza se libera. Sí, cuando una persona está en un nivel de tensión tan alto, cuando nuestros hijos se ven arrinconados sin argumentos y no tienen salida para conseguir lo que ellos quieren, entonces, la amenaza supone una total liberación de la carga.

¿Por qué? Porque lanzan unas palabras gratuitas que hacen daño, pero ante las que se pueden escudar posteriormente en el “no, no, si solo era avisarte de algo que puede pasar, pero vamos que tampoco lo iba a hacer, era una manera de hablar”

Sí, por supuesto, pero el dolor ya está causado.
El daño ya es difícil de reparar. Si mi hijo me amenaza sufro un importante dolor.

¿Qué hago si mi hijo me amenaza?

Si fuera tan fácil dictar unos pasos claros y concretos para actuar entonces la vida sería mucho más fácil, pero la realidad es que no es nada fácil y, mucho menos, cuando no prestamos atención a la especificidad de la individualidad. Es decir, tu hijo puede ser que esté presentando las mismas amenazas que el hijo del vecino y puede ser que respondan a cuestiones totalmente distintas.

De ahí, que sea imprescindible entender que, si nos encontramos bajo la tesitura de que mi hijo me amenaza, entonces la clave residirá en encontrar el mensaje encriptado que esa amenaza está ocultando o disfrazando. Tienes mucha más información de cómo resolver este mensaje encriptado aquí en el curso online “Método Concordia”

No obstante, no está mal aventurarse a detallar estos 4 pasos que considero fundamentales si estás en el escenario de enunciar la frase de mi hijo me amenaza.

  1. Elimina cualquier atisbo de ser tú quien caiga en las amenazas
  2. Enséñale bien que conoces y compartes con él las diferencias evidentes de amenazas y consecuencias
  3. Cada vez que caiga tu hijo en una amenaza, para todo lo que estéis haciendo y recordad el punto 2, evidenciarlo con el ejemplo y no lo dejes pasar, explicita que ha habido una amenaza
  4. Si persiste la dinámica, si no hay asunción de responsabilidades entonces es necesaria mantener la firmeza y la congruencia en nuestra respuesta: Necesitamos ayuda profesional específica, todos como unidad familiar. Si mi hijo me amenaza necesito ayuda.

En un país libres de amenazas, a 4 de octubre de 2024.

Dedicado a las familias con las que trabajo.

Recomendación, Sonata Waldstein, Beethoven.

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